Lecciones de vida a través de la narración
“Cuentos para dormir que se quedan contigo mucho después de apagar las luces”

Pino y Vito saltaron del coche y corrieron hacia la granja de Luca. La hierba alta brillaba en amarillo-verde bajo el sol, y en alguna parte a lo lejos, se podía escuchar el rebuzno del burro Berto. "¿Por qué grita tanto el burro?" preguntó Vito, con los ojos bien abiertos. Pino se rió mientras Luca saludaba desde la puerta del granero. "¡Vamos, les mostraré todo!" gritó Luca. Pero Jole se quedó paralizado bajo el viejo higuera, mirando al acercarse a la cabra. "¿Papá, qué pasa con Jole?" preguntó Pino.

Era una tarde típica en Vallumora cuando María notó que Loli faltaba. "¡Loli!" llamó María, pero no hubo respuesta. Vito comenzó a llorar, mientras que Pino caminaba nerviosamente por la cocina. "¿Dónde está Loli?" preguntó un preocupado Pino. Nadie tenía una respuesta. "¡Tenemos que encontrarla!" declaró Maja, ya esbozando un cartel con la foto de Loli. Pero mientras se reunían para discutir el plan de búsqueda, oyeron un sonido inusual que provenía del ático...

Maja estaba de pie bajo las estrellas, bosquejando su destello en su cuaderno, mientras Pino luchaba con su miedo. Gabriel los llevó más adentro del bosque, donde los ruidos se volvían más misteriosos y desconocidos. De repente, un sonido extraño llenó el aire, deteniendo a Pino en seco.

Eva y Dundo tuvieron un raro día libre sin los niños. Otto y María, con entusiasmo, se ofrecieron a cuidar a los pequeños mientras la pareja decidía volver al lugar donde se conocieron. Al acercarse al viejo puente de madera sobre el arroyo, Eva recordaba aquella noche, mientras Dundo tenía un regalo especial escondido en su bolsillo.

En el patio trasero yacía un columpio roto, y Dundo y Pino se estaban preparando para arreglarlo. El pequeño Vito se sentaba en la hierba, sosteniendo una caja de tornillos, mientras Jole olfateaba alrededor, esperando ansiosamente su oportunidad de ayudar. "¿Cómo vamos a arreglar esto, papá?" preguntó Pino, mientras Eva miraba y sonreía desde la ventana.

En el sótano de un viejo edificio en la plaza, había una biblioteca que no aparecía en ningún mapa. No tenía letrero, no contaba con horarios de apertura, y sus puertas se abrían solo para algunos. Hana la encontró por accidente, huyendo de la lluvia. Descendió por los escalones mojados, empujó la pesada puerta de madera y entró en una habitación llena de libros desde el suelo hasta el techo. Olía a papel viejo, madera y algo dulce — como miel mezclada con polvo. En un escritorio se sentaba un anciano con gruesas gafas, leyendo un libro sin tapas. "Entra, pero no elijas," dijo sin mirar hacia arriba. "¿Qué?" Hana estaba confundida. "En esta biblioteca, no eliges libros. Los libros te eligen a ti." Hana se rió. "Eso no tiene sentido." El anciano finalmente levantó la vista. "Párate en el medio de la habitación. Cierra los ojos. Y espera." Hana quería irse. Pero algo en la voz del anciano — no una orden, sino una promesa — la hizo escuchar. Cerró los ojos y se quedó quieta. Pasó un minuto. Dos. Tres. Y entonces sintió algo increíble...